La batalla de Cutanda y la búsqueda de los 2.000 camellos

Qutanda, año 1120.

En un paraje no precisado del entorno de Cutanda (antaño municipio, hoy barrio pedáneo de Calamocha), tuvo lugar una de las principales batallas campales del Aragón medieval. La historia se remonta al año 1110, en el que los almorávides (movimiento político-religioso islámico de carácter integrista) se hicieron con el control de Zaragoza, que durante una centuria había sido capital de una taifa independiente. Ocho años después, Alfonso I el Batallador conquistó la ciudad; y con ella, Belchite y otras posiciones muy distantes en la provincia de Teruel (Aliaga, Pitarque, Jarque, Galve y Alcalá de la Selva); y en 1119 tomaba Tudela, Tarazona y Borja.

En el invierno de 1119-20, el emir almorávide Ali ibn Yusuf ordenó una expedición militar destinada a frenar el avance aragonés. Encomendó la misión a su hermano, Ibrahim ibn Yusub, gobernador de Sevilla.

Se organizó un importante ejército que integraba tropas de distintas procedencias (Lérida, Granada, Murcia, Molina …) y voluntarios de todo al-Ándalus; en total, 5.000 jinetes y cerca de 10.000 infantes, según narra Ibn Idari.

Alfonso I Batallador, que estaba sitiando Calatayud, salió a su encuentro con un ejército que incluía las huestes del conde Guillermo de Poitiers. La batalla se produjo el 17 de junio de 1120, con resultados desastrosos para los almorávides (recordemos la frase “peor que la de Cutanda”).

Al-Maqqari indica que murieron cerca de 20.000 voluntarios musulmanes; otras fuentes islámicas mencionan el fallecimiento de destacados personajes, como los cadíes de Murcia y Almería. La Chronique de Saint-Maixent habla de 15.000 musulmanes muertos, numerosos prisioneros y un botín de 2.000 camellos y otras bestias “sin número”. Sin duda, las cifras parecen exageradas; pero aún con todo, las bajas debieron cifrarse en miles. Alfonso I ganó una de sus principales batallas; y los almorávides perdieron toda esperanza de recuperar Zaragoza, siendo el preludio de la decadencia de su imperio.

Cutanda, año 2015.

Por iniciativa de la Asociación Batalla de Cutanda (presidida por Roberto Alonso), este verano se ha emprendido una investigación arqueológica que pretende detectar y estudiar el escenario en el que se desarrollo la batalla de Cutanda. Se trata de un proyecto colectivo, que integra un heterogéneo grupo de personas motivadas por distintos intereses (investigación, recreacionismo histórico, curiosidad, preocupación por el futuro del pueblo…), pero unidas por ese objetivo común.

La eficiente campaña de imagen dirigida por Tamara López ha popularizado “la búsqueda de 2.000 camellos”. Más allá de este impactante mensaje, hay un proyecto de investigación organizado por un equipo de profesionales, que desarrollan un protocolo de trabajo preestablecido.

Detrás de la potente imagen del pasado 29 de agosto, con más de 70 personas buscando pretéritas evidencias en unos campos de labor, estuvo la callada labor de un equipo de historiadores –Rubén Sáez y Emilio Benedicto­– y arqueólogos –Rosa Mª Loscos, José F. Casabona y el que suscribe, con la colaboración de otros compañeros de profesión–, que revisaron antes y después el espacio recorrido; y que volverán a prospectar todas las veces que se consideren oportunas aquellos sectores más interesantes.

Nuestro punto de partida es una hipótesis de trabajo desarrollada a partir de las fuentes escritas, las tácticas militares de la época, las noticias de hallazgos, la toponimia y los indicios aportados por la tradición popular; resultado de la cual, se ha definido un espacio concreto, de 88 hectáreas de superficie, aunque la superficie es sensiblemente más amplia si se tienen en cuenta las previsibles acciones y acontecimientos asociados al choque bélico. Sabemos que en parte de dicho espacio se han realizado anteriores búsquedas esporádicas y no sistemáticas del campo de batalla, con resultados negativos.

Se parte de la base de que las previsibles evidencias dejadas por un campo de batalla, estarán posiblemente articuladas con un doble parámetro de distribución: de una parte, el asociado a las inhumaciones de los fallecidos (de todos o parte), que debió realizarse en fosas comunes (aunque también pudieron realizarse enterramientos individuales de parte de las víctimas del bando vencedor), situadas dentro del propio campo de batalla o en espacios aledaños. Y por otra parte, los restos dispersos en el escenario bélico (cadáveres insepultos de animales y, posiblemente, personas, así como puntas de proyectiles, clavos, algunas armas no recuperadas, etc.).

En ese espacio acotado queremos desarrollar una sucesión de intervenciones articuladas en seis fases de trabajo; las tres primeras se encuentran integradas dentro de la denominada prospección arqueológica. La primera es la distribución de los distintos tipos evidencias materiales conservadas en superficie; la segunda es el análisis geoarqueológico, evaluando las potenciales alteraciones en la dispersión de los restos derivadas de los procesos geomorfológicos y los usos tradicionales del espacio; la tercera supone la utilización de métodos de prospección geofísica y magnética, que se desarrollarán de forma selectiva en función de los resultados obtenidos en las dos fases anteriores.

A partir de estas tres primeras etapas de prospección arqueológica, se propondrá una serie de puntos en los que se considera interesante la realización de sondeos arqueológicos (cuarta fase); estos determinarán, si procede, la realización de excavaciones en área y/o la multiplicación de sondeos ya en la quinta fase.

Cutanda, años 2020 y 2120.

Si resulta difícil estudiar el pasado, más aún predecir el futuro; y son muchas las cuestiones planteadas. “¿Descubriremos el escenario de la Batalla de Cutanda?”. Para tratar de responder a esa pregunta, hemos aplicado una pequeña fórmula probabilística, basada en cuatro parámetros. Es muy sencilla; la probabilidad (P) de encontrar el campo de batalla depende de que haya existido el suceso (S), de que este haya dejado huella (H) perdurable en el registro arqueológico, de la capacidad de detección (D) de la misma y de que se busque en el lugar (L) adecuado.

Es decir P = S x H x D x L.

Tenemos la certeza de que la batalla tuvo lugar (S = 100 %); dada su magnitud, parece muy difícil que se haya borrado toda evidencia de la misma (H=90%); creemos que existen altas probabilidades de que con la metodología aplicada se puedan detectar esas huellas (D=75%); y tenemos una hipótesis de trabajo razonablemente sólida sobre donde pudo desarrollarse la batalla (esta es la variable más difícil de precisar, proponiendo L = 25 a 50 %). El resultado de la aplicación de la fórmula, con los valores asignados a cada parámetro, es que tenemos del 17 al 33 % de probabilidad de hallar el escenario de la Batalla de Cutanda; yo, personalmente, creo que la probabilidad es algo superior. Pero si además estamos dispuestos a que, en el caso de no localizarlo en el espacio seleccionado, ampliar nuestra búsqueda a otras zonas, las probabilidades pueden aumentar hasta superar el 50%. De lo que estamos seguros, es de que si no se busca, será muy difícil que aparezca.

“¿Habremos descubierto el campo de batalla en el 2020?”. La probabilidad de que así sea dependerá de hayamos podido aplicar o no el protocolo de trabajo que hemos definido, o que incluso hayamos ampliado el ámbito de estudio a otras áreas. Aunque los componentes del equipo somos optimistas, no queremos generar falsas expectativas. Y más si tenemos en cuenta la ausencia, por el momento, de recursos económicos para llevar a cabo el trabajo, lo que impide asegurar un ritmo satisfactorio del mismo, al depender de la disponibilidad de los profesionales y la colaboración de los voluntarios.

“¿Qué repercusiones tendría el hallazgo del escenario de la batalla y de los enterramientos asociados?”. A nivel histórico y arqueológico, sería un importante descubrimiento, que aportaría información sobre las personas que componían ambos ejércitos (edad, patologías previas y todo el amplio abanico de información que podría proporcionar su ADN), heridas recibidas, armas empleadas, técnicas de combate e incluso sobre el desarrollo de la batalla.

Pero la transcendencia del hallazgo superaría la investigación histórica. Sería la génesis de un recurso turístico-cultural de primer orden; véanse sino, los proyectos desarrollados en torno a los campos de batalla de Las Navas de Tolosa, Alarcos o Aljubarrota. Su repercusión iría mucho más allá de Calamocha y su comarca, al reforzar de forma significativa una oferta turística que, en todo el Sur de Aragón, está cada vez más volcada en el Patrimonio Medieval y en las recreaciones y fiestas inspiradas en ese periodo.

Pero para el propio Cutanda, la apuesta es mucho más fuerte; los casi novecientos habitantes censados en 1940, se han reducido a 65 en 2014, de los que sólo la mitad reside permanentemente en el pueblo. Y las previsiones a medio y largo plazo son muy negativas. Por ello, no resulta exagerado afirmar que del hallazgo de este escenario bélico podría depender que, para el milenario de la Batalla (2120), Cutanda sea un pueblo habitado o un nostálgico recuerdo.

Javier Ibáñez González, arqueólogo

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