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Itinerario cultural: Las correrías carlistas

sierra_cucalon-3Este peculiar itinerario que recorre las sierras de Oriche y Cucalón está planteado con un carácter geográfico-militar, es decir, lo hemos ambientado con los acontecimiento que sufrieron estas tierras durante la guerra carlista (1833-1840). Fue una contienda civil que dividió a los españoles tras la muerte de Fernando VII, enfrentando a los partidarios de Carlos V contra los liberales que controlaban el gobierno en Madrid. En las serranías de Cucalón esta división social quedará reflejada con la ocupación por parte de los carlistas del castillo de Segura de Baños, mientras que los liberales se fortifican en el castillo de Cutanda. Desde estas dos fortalezas, siguiendo los ritmos de la contienda, unos y otros realizarán continuas incursiones por territorio enemigo, para hostigar a las fuerzas o saquear sus armas y víveres.

Es necesario, previamente, lanzar una advertencia a los posibles navegantes. Toda la ruta discurre por carreteras estrechas y no se puede evitar el paso por dos accidentados puertos de montaña, como son los de Fonfría y Rudilla. Indudablemente, el esfuerzo merece la pena. Viajar por calzadas como las que hemos marcado y visitar los pequeños pueblos que aparecen en los itinerarios puede aportarnos la sensación de atravesar otro tiempo, tanto por los encantos paisajísticos y monumentales que ofrecen los recorridos, como por las variadas emociones que se pueden obtener. Solamente atravesando estas intrincadas tierras podremos comprender como las bandas carlistas camparon libremente a sus anchas, e hicieron frente, hostigando durante siete largos años, a un ejercito liberal mucho más numeroso y mejor preparado militarmente.

El castillo de Segura de Baños, situado en una posición estratégica de primer orden entre los valles de los ríos Martín y Aguavivas, fue ocupado y fortificado por las tropas de Cabrera en 1835, convirtiéndose en la avanzadilla más noroccidental del territorio aragonés controlado por los carlistas. Desde esta fortaleza, las partidas del pretendiente Carlos descendían hacia el Ebro o hacia el valle del Jiloca, realizando violentas incursiones con el objetivo de atosigar a los liberales y conseguir, al mismo tiempo, víveres y dinero. Durante años, los liberales habían fracasado en el intento de conquistar esta fortificación, hasta que Espartero, en febrero de 1840, después de arrasar las murallas con un intenso bombardeo, consiguió la rendición de los 287 soldados que lo defendían.

Apenas quedan en la actualidad restos del castillo de Segura, aunque merece la pena subir al estrecho cerro que lo amparaba,  siguiendo la senda que surge de detrás de la Iglesia. La existencia de antiguos grabados del castillo nos puede ayudar a imaginar como era. La villa de Segura, sus casas y viviendas, fueron completamente arrasadas durante la guerra. Con posterioridad, se desmantelaron y utilizaron las piedras del castillo  para reconstruir la localidad. Casi todo lo que hoy puede observarse en sus calles y recoletos tiene su origen en esta moderna reconstrucción decimonónica, destacando la lonja del Ayuntamiento, la fuente y la iglesia, todas de carácter muy popular.

La localidad de Segura se apellida “de Baños” a causa del famoso manantial de aguas termales que aflora a pocos kilómetros del casco urbano, junto al río Aguasvivas, cerca de un gran desfiladero, en un pintoresco y llamativo rincón natural. El descubrimiento de las propiedades terapéuticas de esta agua data del siglo XVIII, con cinco manantiales de aguas bicarbonatadas y otro de aguas ferruginosas.  En 1913 y 1919 dos avenidas del río destruyeron los edificios del balneario.  Continuó de forma ininterrumpida su actividad hasta 1986, abriéndose durante la temporada veraniega, con la asistencia de 300 a 600 personas.  Fue cerrado en el invierno de 1986, y desde entonces permanece así, a la espera de su traspaso o venta.
Desde el emplazamiento de Segura, los carlistas controlaban directamente todos los pueblos que se encontraban en sus inmediaciones. En su mayor parte se trataba de pequeñas aldeas con escasa población y menores recursos. Actualmente se encuentran muy despoblados, pero merecen la pena ser visitadas ya que han mantenido perfectamente esa antigua expresión rústica y popular.  Si seguimos la cuenca del río Segura en dirección a su cabecera, protegidos por una espectacular cresta caliza que limita las muelas de las sierras de Oriche, llegaremos a Salcedillo, destacando su Iglesia Parroquial de San Miguel Arcángel, construida en su fase inicial en el siglo XVI.

Siguiendo esta misma carretera encontraremos la localidad de Allueva, un pueblo que mantiene casi intacta su apariencia rural, con viviendas de mampostería y tapial, aunque en avanzado estado de ruina. Podemos detenernos a contemplar la Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora, una construcción barroca del siglo XVIII, y con una pequeña torre de reminiscencias mudéjares. Si nos entretenemos recorriendo sus callejuelas, podemos disfrutar de los abundantes pestillos que cierran las puertas de los corrales, con antiguas llaves de madera. En la parte más alejada de la carretera, a una veintena de metros del núcleo rural, escondida en un húmedo e inhóspito rincón, podemos encontrar una bonita fuente enmarcada con un arco de sillería.

44492-3-104Un poco más adelante llegaremos al pueblo de Fonfría, ubicado en el corredor que une las Sierras de Oriche y Pelarda,  situado en un importante cruce de carreteras locales, aunque éstas no han influido en el urbanismo de la localidad, compuesto por pequeñas manzanas irregulares levantadas alrededor de la humilde Iglesia parroquial de San Miguel y del Ayuntamiento. La casa consistorial es un hermoso edificio de mampostería con una antigua lonja en su planta baja. En su término municipal se encuentra el Santuario de la Virgen de la Silla, lugar de encuentro de numerosos romeros.

Desde Fonfría nos dirigiremos, ascendiendo por la Sierra de Oriche y tomando un desvía a la izquierda, hacia Piedrahita, una aldea casi despoblada y en eminente estado de ruina, como así lo demuestra su hundido templo parroquial. Sus pequeñas casas, un huerto donde hay un poco agua,  y las calles abiertas y mal delimitadas son unos buenos ejemplos de la arquitectura y urbanismo popular de esta comarca.

De aquí podemos seguir nuestro inicial recorrido hasta llega a un nuevo desvío, esta vez a mano derecha, que nos conducirá a Anadón. Este pueblo se encuentra localizado en un terreno llano, rodeado de prados y delimitado por las impresionantes crestas calizas de la Sierra de Oriche. La iglesia de San Bartolomé, situado en una dehesa en el borde de la localidad, es un gran templo construido en mampostería. Tiene tres naves y crucero, cubierto con una cúpula con linterna sobre pechinas que se aprecia en el exterior de la obra. Se puede destacar, sobre todo, su hermosa portada barroca,en forma de medio punto y hornacina en la parte superior. También merece la pena dar una vuelta por el pueblo, de estrechas e irregulares calles, y contemplar una fuente renacentista que mana en una de las esquinas de la localidad. A pesar de su planicie, este pueblo fue cuidadosamente fortificado durante la guerra carlista. No se ha conservado ningún resto de estas defensas.

En el pueblo de Rudilla, todas las viviendas tienen un carácter muy popular, a excepción de dos casonas que rompen la monotonía urbanística. En la plaza, abierta a la carretera, se encuentra el Ayuntamiento y el tradicional lavadero de ropa, además de una fuente de agua manantial. El Ayuntamiento conserva su primitiva lonja, formada por dos arcadas de medio punto apoyadas sobre  una pilastra central. Los arcos de la lonja son de sillería y el resto del edificio de mampostería.

Varios kilómetros más hacia el oeste, encontramos la villa de Huesa del Común, regada por el río Aguasvivas, protegida en una hoya o pequeño valle apenas perceptible desde la lejanía, siendo necesario bajar hasta cerca del río para tener una visión completa de la población. Este pueblo aparece citada en el verso 951 del Cantar de Mio Cid. Fue cabeza de un Honor de la Corona, pequeña comunidad dependiente del poder real. A mitad del siglo XVI fue incorporada a la Comunidad de Daroca y, como sesma, comprendía las siguientes poblaciones: Anadón, Salcedillo, Segura de los Baños, Maicas, Cortes de Aragón, Josa, Muniesa, Blesa, Plenas, Plou y Huesa del Común. De este pasado queda un castillo roquero, conocido como de Peñaflor y restos del recinto amurallado con cuatro portales integrados en la población. Hay una puerta de muralla en el extremo oriental del recinto bajo un torreón transformado en capilla; otra puerta se sitúa hacia occidente, con arco de sillería de medio punto hacia el interior y adintelado al exterior, hacia la huerta. Las otras dos puertas dan acceso a la plaza Mayor; en una de ellas se ha situado la capilla abierta de la Virgen del Pilar. El castillo tuvo un importante papel durante la Edad Media, y fue recuperado en parte a lo largo de la moderna, para acabar siendo escenario de luchas y tensiones durante la guerra carlista.

Sobre otro portal se apoya el Ayuntamiento del que se dice que fue residencia del señor de la villa; es un edificio singular con doble lonja, alta y baja, y entre las dos una balaustrada con decoración mudéjar; detrás, otra crujía cerrada con arco de medio punto también de ladrillo. En estos momentos se está restaurando. La iglesia parroquial de San Miguel se sitúa en la parte más alta de la población, hacia el castillo; es un edificio barroco, fechado en 1604, en el que destaca la torre de tres cuerpos; el cuerpo bajo tiene tres franjas con decoración mudéjar. Tiene también interés la ermita de Santa Quiteria, del siglo XVIII, con bella portada y edificios destinados a hospedería. Fuera del recinto amurallado hay otra bella casa de ladrillo, con portada de arco rebajado, escudo de armas y arquería de cuatro vanos de medio punto y curiosa lonja en la tercera planta. Se completa el interesante conjunto con un puente posiblemente romano en el río Aguavivas y un molino de gran interés en el cauce del mismo.

44211-2-12Siguiendo nuestro itinerario por las sierras, regresaremos hasta Fonfría volviendo sobre nuestros pasos, y desde allí, subiendo el puerto, pasaremos a la vertiente más occidental de estas sierras, entrando en el terreno que dominaron en su momento los isabelinos, férreamente controlado desde la fortaleza de Cutanda. El primer pueblo que encontramos en el frente isabelino es Olalla, muy conocido gracias a la hermosa torre mudéjar que, a modo de hito, corona la zona más alta del núcleo urbano. Fue construida durante el siglo XVI. A su lado se situaría el antiguo templo parroquial, hoy en día completamente desaparecido. Durante la guerra carlista este primitivo templo, aunque ya se encontraba en ruinas, fue utilizado para asentar una pequeña fortificación militar. La actual iglesia, obra del siglo XVIII, se sitúa en la parte más baja del pueblo, junto a la carretera, Tiene tres naves cubiertas con bóveda de cañón, y un crucero cúpula y cimborrio al exterior. Dentro del término de Olalla encontramos el santuario de la Virgen de Pelarda, enclavado en medio del monte, en un paraje espléndido.

A unos pocos kilómetros, descendiendo desde Olalla hacia el valle del Pancrudo, llegamos a Cutanda. Esta antigua villa es famosa en toda España a causa de la batalla que en el año 1120 enfrentó a los cristianos y musulmanes, saldándose con la victoria de los primeros y la posterior ocupación del valle del Ebro y parte de las Serranías Ibéricas. Una vez consolidada la reconquista, la villa de Cutanda pasó a formar parte del señorío del arzobispo de Zaragoza, quien reformó el castillo musulmán para convertirlo en un acogedor palacio arzobispal, lugar desde donde recaudaba los diezmos o administraba, a través de representantes, sus derechos feudales.

44210-41Una vez transcurrida la Edad Media, el castillo de Cutanda apenas tuvo nuevas funciones militares hasta que, en el siglo XIX, sea utilizado por los isabelinos para fortificar la zona y frenar las incursiones de los carlistas que se habían hecho fuertes en Segura de Baños. Durante el año 1837, el castillo fue ocupado por tropas isabelinas, quienes lo utilizaron para controlar el orden público en los pueblos vecinos, detener a los sospechosos carlistas y proceder a su represión, a veces ajusticiándolos de manera violenta. Los odios entre isabelinos y carlistas iban creciendo, y el 9 de diciembre de 1838 el castillo de Cutanda es asalt ado por una partida rebelde, haciendo prisioneros a todos sus ocupantes. Por la noche, cuando los carlistas regresaban a sus bases en Segura, los 23 soldados prisioneros que se encargaban de la defensa del castillo son trasladados a Olalla, y allí, en la partida de las Cañadillas, fueron fusilados. No sería éste el último acto violento que conocería Cutanda. El 3 de mayo de 1839 la Iglesia y parte de las casas cercanas sufren un duro incendio. Los cutandinos tuvieron que huir de su pueblo, refugiándose en las localidades cercanas. Frente a tanta violencia injustificada, los ánimos de los lugareños se encontraría muy alicaídos. Sólo así se explica que, una vez acabada la guerra, decidieran demoler el castillo de Cutanda hasta los cimientos, quitando todas las piedras de sus murallas para que, de este modo, ninguna otra tropa militar se refugiara en la localidad. Actualmente el castillo se reduce a un testimonial muro de unos 12 metros de longitud y 2 metros de espesor. Se observan también restos de una bóveda de crucería que podría pertenecer a la antigua capilla y algunos aljibes.

Además de los restos del castillo, podemos visitar en Cutanda la fuente renacentista, diseñada en el año 1568 por Joan Alonso, o la Iglesia Parroquial, obra de principios del siglo XVII, construida integramente en ladrillo, lo que la hace un ejemplar único en esta comarca. La portada del templo está adintelada, y aparece coronada por un frontón curvo que cobija en el centro el escudo del arzobispo de Zaragoza, como señor jurisdiccional de la villa. En su interior destaca un retablo gótico de San Juan Evangelista, que pudiera datarse en el siglo XV, y que muestra en una pintura una imagen panorámica de la villa de Cutanda.

44220-1-861-1Continuando nuestro viaje, descenderemos  desde Cutanda hasta el valle del Pancrudo, y una vez allí, girando a mano izquierda, llegaremos a Barrachina. En una ladera cercana a la carretera, en lo que debió ser el núcleo primitivo de la localidad, encontramos la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, un edificio barroco del siglo XVIII levantado en mampostería, con refuerzos de sillares en las esquinas y contrafuertes. Debajo de la iglesia encontramos una lonja de carácter civil, con dos arcos de medio punto tallados en sillería apoyando sobre una pilastra central.

El pueblo de Barrachina, al igual que la localidad vecina de Cutanda, también sufrió los duros avatares de la guerra carlista. En noviembre de 1840, cuando ya se había desencadenado la ofensiva final sobre Segura de Baños, el jefe carlista Llagostera rompe el cerco de los liberales y, acompañado de 3 batallones y 8 compañías de caballería, llega a Barrachina, lugar en el que se encontraba el batallón de cazadores de Oporto, mandados por Juan Durando, que estaba destinado al bloqueo de Segura y al apoyo a la guarnición de Cutanda. En la madrugada del 6 de noviembre los carlistas atacan la localidad, intentando pillar por sorpresa a los soldados isabelinos. Según cuentan los coetáneos, se trabó un duro combate que acabó con la retirada de Llagostera, temeroso de la llegada del batallón de Murcia y algunos escuadrones que se hallaban estacionados en Caminreal. Entre ambos bandos se contabilizaron 200 muertos, además de 42 prisioneros que se llevaron los carlistas como rehenes, y otros 25 que al concluirse la acción dejaron en poder de los defensores de Barrachina.

img_7397Abandonaremos el valle del Pancrudo para encaminar nuestros pasos hacia la localidad de Godos. Este pequeño pueblo se encuentra situado a unos pocos metros de la carretera, elevado sobre un suave promontorio. El conjunto más atractivo lo forman la iglesia parroquial y los restos del castillo medieval que se encuentran adheridos. La torre de la fortaleza tiene forma cilíndrica, y conserva testimonio de la vieja muralla de mampostería. La iglesia es un templo de tres naves, que se perciben en el exterior mediante un acusado escalonamiento. Tiene una portada muy sencilla, con forma de medio punto, en uno de los laterales. La torre de la iglesia de Godos es uno de los ejemplos más hermosos de la influencia mudéjar en el barroco aragonés. Posee cuatro cuerpos. El primero es una base de piedra, con forma cuadrada, prolongación de la fábrica de la Iglesia. Sobre esta se levanta la torre propiamente dicha, de aspecto octogonal, íntegramente de ladrillo, alternando los huecos de medio punto y las pilastras adosadas. Podemos dar la vuelta al conjunto de torre, templo y fortaleza, muy armónico en su conjunto, y desplazarnos posteriormente por la localidad para contemplar el Ayuntamiento, con una característica lonja en la planta baja, dos arcos de medio punto apoyados sobre pilastras, y disfrutar también de la inusual presencia de una casa solariega, con su escudo heráldico y bellas rejerías.

44222-62Siguiendo nuestro camino en dirección a las Cuencas Mineras, llegaremos unos pocos kilómetros más adelante a Torrecilla del Rebollar, un pueblo de explendoroso y dinámico pasado, tal y como nos lo delata las grandes proporciones del templo parroquial y la presencia de varia casas solariegas. El núcleo urbano se extiende por la falda del castillo medieval, cuyos restos todavía se pueden contemplar en un ligero promontorio. En el centro de la localidad, muy cerca del castillo, encontramos la Iglesia Parroquial de San Cristóbal, cuya fachada destaca por su cuidada cantería, aunque el resto del edificio sea de mampostería. La torre esta levantada en ladrillo, con algunas influencias mudéjares, de planta cuadrada al principio, siguiendo la esquina recta del templo, convirtiéndose en octogonal en su último tramo.

La arquitectura civil de Torrecilla también es significativa. En la Plaza Mayor, junto al templo parroquial, podemos contemplar una expléndida casa palaciega, de dos plantas, con una torre de ladrillo como lucernario de la escalera. El acceso a la vivienda esta enmarcada con una portada de estilo barroco, con arco de medio punto y pilastras adosadas a ambos lados de la puerta. El Ayuntamiento posee un escudo con la fecha 1676, y tiene en la planta baja la característica lonja de dos arcos, pero aparecen completamente cegados. Junto a la carretera, a una veintena de metros del Consistorio, podemos encontrar otros dos edificios singulares. El primero se corresponde con una casa señorial de tres plantas, con una destacada galería de arcos de medio punto recorriendo toda la parte superior del edificio. El segundo es de apariencia mucho más popular, con una portada de medio punto realizada en ladrillo y enmarcada por pilastras, y un pequeño escudo en medio que nos recuerda como la casa perteneció, según nos cuentan, a Monseñor Juan Lario y Lancís, arzobispo de Tarragona allá por el siglo XVIII.

Acabaremos nuestra ruta en Villanueva del Rebollar, una pequeña aldea que en la Edad Media constituía el límite de la Comunidad de Teruel y que hoy forma parte de la comarca de las Cuencas Mineras. La iglesia parroquial, dedicada a San Cristóbal, fue construída en el siglo XVII. Desde el exterior se aprecian perfectamente las tres naves del templo, con diferentes alturas y con acusados contrafuertes. Antaño existía una torre que, no pudiendo soportar el paso del tiempo, se hundió ruinosa, siendo sustituída por una espadaña. Paseando por las calles de Villanueva podremos contemplar el Ayuntamiento, muy renovado pero que todavía mantiene el trinquete,  con los característicos dos arcos de sillería apoyando en una pilastra central. Conserva también el antiguo escudo de la localidad. El resto de la arquitectura civil es muy sencilla y popular, propia de un pueblo sin grandes diferencias sociales, que no es lo mismo que apariencias sociales, que para destacar bien está la llamada casa “La Morera”, única en su estilo en toda la comarca, con una notable fachada barroca muy amanerada.

Una vez acabada la visita a esta última localidad, podemos continuar nuestro viaje hasta la cercana carretera nacional N-221, y encaminarnos a nuestros lugares de origen ,ya sea hacia las Cuencas Mineras o bien hacia Caminreal. Después de un itinerario tan intenso como el que hemos recorrido, bien se agradecerá una carretera digna y cuidada, aunque sólo sea para regresar a nuestro habitual mundo.


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