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	<title>Xilocapedia - Contribuciones del usuario [es]</title>
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	<subtitle>Contribuciones del usuario</subtitle>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_de_la_ermita_de_Nazaret_(Daroca)&amp;diff=22434</id>
		<title>Leyenda de la ermita de Nazaret (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-17T07:48:03Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;81.33.121.89: UmVkaXJpZ2llbmRvIGEgW1tMZXllbmRhIGRlIGxhIHZpcmdlbiBkZSBOYXphcmV0aCAoRGFyb2NhKV1d&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;#Redirect [[Leyenda de la virgen de Nazareth (Daroca)]]&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>81.33.121.89</name></author>
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		<id>http://xiloca.org/xilocapedia/index.php?title=Leyenda_del_muro_del_Jaque_(Daroca)&amp;diff=22416</id>
		<title>Leyenda del muro del Jaque (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-17T07:01:09Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;81.33.121.89: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. Está ambientada, al igual que otras leyendas de este autor, en uno de los elementos defensivos del [[recinto amurallado de Daroca]], en la torre del Jaque.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Al norte de Daroca, frente al ruinoso y ceniciento castillo que se alza sobre un gigante peñón, y en la parte más oriental donde termina el lienzo del [[recinto amurallado de Daroca|recinto amurallado]], elévase un vetusto torreón de forma cuadrada y hecho de tierra y argamasa, resistente a las inclemencias del tiempo y a los rudos golpes de la piqueta destructora. Su cimiento es de piedras aglomeradas unas sobre otras, cuya sólida trabazón y estructura revelan que ya en tiempo de los romanos debió de existir allí algún baluarte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Actualmente tiene la entrada por una puertecilla que está situada a bastante altura y o la que da acceso una escalerilla de yeso y de ladrillos. En sus rojizas y toscas paredes no se ven más que dos estrechas viseras. Su aspecto exterior indica haber sido derribado y reconstruido varias veces. Aislado y levantado sobre un montículo que domina un dilatado horizonte, parece centinela avanzado, puesto al extremo del lienzo mural.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La tradición conserva todavía el poético nombre que los árabes, al conquistar a Agiria, le dieron, por el héroe que hasta morir lo defendiera. Este acto de abnegación y de heroísmo refiérese del siguiente modo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== I ====&lt;br /&gt;
Las huestes vencedoras de Tarik, partiendo de Toledo, se encaminaban hacia las fuentes del Tajo, y atravesando las ásperas sierras de Arcábica, Molina y Segoncia, se dirigían a la ciudad de Cesaraugusta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tropas de caballería vagaban por todas partes talando campos, asolando vegas e incendiando pueblos. Alarmados y llenos de pánico se veía a las agirianos, unos formando corrillos en las calles y en las plazas y hablando calurosamente sobre los trágicos acontecimientos; otros proponiendo planes para defenderse, y otros, por fin, juzgando imposible la resistencia, recogían los muebles más preciados v las más ricas alhajas y se disponían a la fuga. Los que huían, lloraban tristemente al despedirse de la cuna y del hogar, que nunca volverían a ver; los que se quedaban, más valientes, se animaban unos a otros con un rayo de esperanza y se preparaban para defender aquella cuna querida hasta derramar la última gota de su sangre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta era, en aquel tiempo aciago, la situación de ánimo en que se hallaban los habitantes de Agiria, cuando, un día, un joven de noble aspecto y rostro agraciado, pero demacrado por los sufrimientos y azares de la guerra y del cautiverio, llegó a la población fugitivo, con el vestido hecho jirones, las barbas crecidas, roto el calzado y el cuerpo lleno de heridas, que en los combates había recibido. Al verle sus compatriotas, todos se agrupaban en turno a él y le hacían mil preguntas, ardiendo en deseos de adquirir noticias sobre las nuevas y nunca vistas gentes que nuestra común patria habían invadido. Mientras tomaba alimento para recobrar las fuerzas perdidas, hablaba de esta manera: «Después de la derrota de Guadalete, los que quedamos con vida y logramos escapar de las tropas que acaudilla Tarik, el moro de las manos descarnadas, ores huyeron a los montes, y otros a las ciudades fortificadas». «La batalla del Guadalete debió ser horrible», interrumpió uno. ¡Oh!, espantosa. Yo, después de la lucha, anduve errante y fugitivo por espacio de doce días con varios compañeros, hasta que llegamos a Córdoba. Pero el ejército invasor, avanzando con una rapidez increíble, pronto tomó esta población y caímos prisioneros en manos de un caudillo, llamado Mugueiz el Rumí, astuto y valiente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
»Tomada esta plaza, el Rumí se dirigió hacia Toledo, llevando los prisioneros delante. Extenuados y casi muertos de hambre, antes de llegar al Tajo acampamos junto a las orillas de un bosque muy poblado. Mientras todo el ejército dormía, mis compañeros y yo dimos muerte a un negro que nos custodiaba, y escapamos, internándonos por el bosque. Así logramos huir, y aquí me tenéis, después de caminar errantes por bosques y montañas más de quince días con sus noches.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¿Pues tendrán intención esas gentes de apoderarse de toda España?», dijo uno cíe los circunstantes. «Han dividido el ejército --dijo nuestro héroe-- en varios cuerpos, y unos van por delante y otros por el norte para reunirse en Cesaraugusta.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y son muchos los invasores?», replicó otro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Más que las hojas de los bosques --respondió Juan de Luna, que así se llamaba el protagonista de esta tradición--, y casi todos llevaban caballos, pero ¡qué caballos!, son fieros e indómitos, corren más que los vientos y relinchan como si tuvieran sed de gloria. Los trajes de estas gentes son verdaderamente extraños. En la cabeza llevan arrolladas unas como bandas verdes o blancas, un arco en la mano, colgado al cuello un alfanje, una lanza al costado, y sus escuadrones se diferencian unos de otros por el color de unos largos mantos, que llaman albornoces, ya blancos, ya rojos, ya negros».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== II ====&lt;br /&gt;
Frente al pozo de la Gragera, en una cosa que tenía una parra trepadora, que desde la puerta subía adornando ventanas y balcones hasta el tejado, moraba una joven, que a juzgar por la expresión de su rostro, por su débil voz y lánguida mirada, padecía horriblemente y llamaba la atención de cuantos la veían. Era hermosa, tenía los cabellos castaños, el rostro ovalado, los ojos grandes, el color blanco y el talle esbelto y gracioso. Se había enamorado locamente de Juan de Luna, y Luna de ella. Era buena; cuando su a- mante partió a la guerra, le puso en el pecho un escapulario de la Virgen para que tuviera buena suerte, y todas las tardes, al anochecer, subía a la ermita de Nazareth, encendía dos velas a la Virgen, y allí, postrada, oraba por su amante. Después, cuando supo que los cristianos habían sido completamente derrotados en Guadalete, y Juan no volvía, una melancolía profunda se apoderó de ella, marchitando poco a poco, como una fiebre lenta, su juventud florida. Sus sueños eran terribles pesadillas; y siempre triste, taciturna y sola, no deseaba otra cosa sino morir pronto para unirse con cl alma de su amado, a quien creía muerto. «¡Ah, sí yo pudiera morir! --decía--. ¡Si yo pudiera morir!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando le dieron la noticia de que Juan de Luna había vuelto, fue tan grande la alegría que experimentó, que cayó desmayada y estuvo largo rato sin sentido. Tan pronto como salió de aquel estado, sin componerse ni esperar a nada, salió precipitadamente de su casa para abrazar al querido de su alma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El sol se había ocultado, las sombras de la noche avanzaban silenciosamente, el bullicio de la calle se apagaba poco a poco, y los vecinos se retiraban impresionados por las noticias de aquellos trágicos acontecimientos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== III ====&lt;br /&gt;
Al día siguiente, noticias alarmantes Corrían de boca en boca. Decíase que Tarik, al frente de numerosas fuerzas, se hallaba cerca, y que uno de sus escuadrones de caballería cruzaba la sierra de Molina, sembrando en todas partes el terror y el espanto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tan pronto como se confirmó la veracidad de estas noticias, los habitantes de Agiria se reunieron para tratar de lo que convenía hacer. Determinaron oponer resistencia y juraron defender el castillo y los fuertes hasta morir. Presto se dieron órdenes para prepararse y hacer provisión de toda clase de armas. Sonaron los clarines de guerra, ondearon sobre el castillo y muros que le rodeaban las banderas darocenses con el escudo de los Cinco lirios, y pusieron centinelas en las avanzadas, designando a cada uno el sitio que defender debía. La mayor parte de los ancianos, mujeres y niños, huyeron de la población.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los árabes no tardaron en asomar por la cuenca del Jiloca, destruyendo e incendiando los pueblecillos que encontraban a su paso. Muchos de sus habitantes se refugiaron en Agiria, engrosando las filas de sus valientes defensores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegada la noche, unos emisarios del jefe que dirigía aquella partida numerosa, se presentaron al alcaide del castillo, intimándole que se rindiera a discreción. Una rotunda negativa fue la respuesta que llevaron a su caudillo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Juan de Luna, que se había encargado de defender un torreón, situado fuera del recinto del castillo, antes de encerrarse en él se despidió de su amada, la cual no quiso abandonar la población, sino correr la misma suerte que su valeroso amante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al rayar el alba, las cumbres de los cerros Se vieron coronados por multitud de infantes y jinetes árabes, armados de arcos, saetas, hondas y toda clase de armas propias para un asalto. Diez veces embistieron y otras tantas fueron rechazados con un valor Sin ejemplo por los agirianos. Por fin, muerto el alcaide del castillo y varios de los principales defensores, se rindieron los demás, menos el valiente Juan de Luna, que encerrado en Su muro inaccesible a las escalas y resistente a las piedras, a los picos y a las llamas, prefirió dar antes su vida que entregarlo al enemigo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
==== IV ====&lt;br /&gt;
Dueños los árabes del castillo y de toda la población, su jefe dejó en ella una pequeña guarnición, distribuyó los cargos públicos entre los principales árabes y judíos, y provisto de víveres y de cuanto pudo saquear, marchóse, llevando consigo a todos los prisioneros y jóvenes que podían servir para la guerra. Al partir, dio orden terminante de que al Jaque (así llamaban los árabes a los valientes) se le custodiase hasta que se rindiera y le dieran muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Según la orden dada, pusiéronse centinelas que vigilaran el fuerte, para que ni su defensor lograra fugarse, ni los suyos pudieran prestarle socorro. Los víveres que tenía Juan de Luna sólo duraron cuatro días; así que pronto comenzó a sentir los horrores del hambre. Furioso como un león enjaulado, desde lo más alto del muro provocaba a los centinelas para que lo escalasen, pues prefería morir matando antes que morir de hambre. Cuantas veces intentaron escalar el muro, otras tantas vieron brillar en el aire el hacha del Jaque, sembrando entre ellos el pánico y la muerte. Tan terrible se hizo el hacha del jaque, que sus enemigos no intentaron nuevos asaltos. Pasados algunos días, como si nadie lo habitara, los árabes determinaron acercarse a la puerta y romperla a hachazos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con gran precaución y apostados algunos para la defensa, se aproximaron varios con cortantes hachas. Después de repetidos golpes cedió la puerta. El Jaque no acudía a la defensa; el silencio que en el interior reinaba era pavoroso; cautelosamente y con gran temor penetraron algunos; no encontrando a Juan de Luna en el piso bajo, subieron al segundo y allí pudieron presenciar un cuadro desgarrador.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tendido en el suelo, con las manos crispadas, los ojos hundidos y abiertos desmesuradamente, prietos los dientes y haciendo una mueca horrible, yacía el Cuerpo del invencible Jaque, víctima del hambre. Su cabeza fue separada del tronco y clavada fuera, en la pared del muro, y Su cuerpo arrojado a un barranco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así acabó el valiente cuanto desventurado Juan de Luna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Matilde, su prometida, cuando recibió la noticia de tan trágico desenlace, una nube de Sangre pasó por delante de sus ojos, de los que no brotó ni una lágrima, y, cayendo al suelo desplomada, quedó inmóvil, como la estatua de la desesperación, desencajados los ojos, la boca entreabierta y rígidos los miembros, como los de una muerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>81.33.121.89</name></author>
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		<title>Leyenda del Diablo Royo (Daroca)</title>
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		<updated>2009-02-17T06:56:04Z</updated>

		<summary type="html">&lt;p&gt;81.33.121.89: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;Se trata de una [[leyenda]] recogida por el padre [[Beltrán Roche, José|José Beltrán]], escolapio, gran literato y poeta, en el libro &amp;quot;TRADICIONES Y LEYENDAS&amp;quot;, que fue publicada en 1929. Esta ambientada en la antigua y misteriosa [[Casa del Diablo Royo (Daroca)|casa del Diablo Royo]] de Daroca, vivienda de un liberal que se aprovechó de los bienes desamortizados en la Comunidad de Aldeas de Daroca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Argumento ==&lt;br /&gt;
Subiendo por la calle de la Grajera hacia la ermita de Nazareth hay una casa grande que tiene una ventana hermosísima, de estilo muzárabe, con una linda y esbelta columnita en medio y preciosas labores caireladas. Fue antiguamente morada de canónigos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día sacando una vista fotográfica de dicha ventana, observé que algunos vecinos decían: «Mira cómo sacan la ventana de la casa del Diablo Royo». Chocóme sobremanera este nombre, y como muchas veces un solo nombre encierra una historia, una tradición o una leyenda, mi curiosidad de saber por qué habían dado a aquella casa el nombre de casa del Diablo Royo, me impulsó a preguntarles por qué la llamaban así. Ninguno supo contestarme; decían que siempre la habían llamado así; pero yo no dudaba que en ese nombre se encerraba alguna historia, y, efectivamente, pregunté a un ancianito que le llaman el tío Juan Cachano y me la refirió, poco más o menos, como yo se la voy a contar a mis lectores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
--Vivía en Barbastro --me dijo el tío Juan-- un carnicero que se llamaba Luis García, tan malo y de ideas tan avanzadas que parecía el mismísimo diablo en persona. Era de regular estatura, más bien bajo que alto, de ojos muy pequeños y redondos, las cejas muy pobladas y el pelo, más que castaño, parecía royo. Yo le conocí y hablé con él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pertenecía a la famosa partida del Chorizo, aquella partida que se hizo tan célebre por sus crueldades y por sus criminales aventuras, cuando el degüello de los frailes. Uno de los que más se distinguían entre todos los de la partida, fue el carnicero de Barbastro. Cuando estalló la revolución en Madrid el año 35, con el horrible degüello de los frailes, Luis García se marchó de Barbastro y se fue a Zaragoza. Pronto se señaló allí por su ferocidad y su falta de sentimientos religiosos. Unido a los de la partida del Chorizo, cuando éstos entraron en el convento de San Francisco, fue el primero que con inaudita audacia y diabólica ferocidad principió a dar muerte a cuantos frailes encontraba en el convento. Con placer Satánico vieron sus compañeros cómo el célebre carnicero cogió a un fraile anciano y lo arrojó vivo en un pozo que había dentro del convento, y siguiendo todos su ejemplo, fueron arrojando en el mismo sitio a cuantos frailes pudieron aprisionar, lo mismo a jóvenes que ancianos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Terminados los primeros furores de aquella revolución sin nombre, el Gobierno vendió casi por nada los conventos y bienes de los frailes, y como aún había en casi todos los españoles sentimientos religiosos y nadie quería quedarse con aquellos conventos y bienes tan villanamente usurpados, cedidos por una bicoca, fueron a manos de aquellos revolucionarios que, como los de la partida del Chorizo, no tenían religión, ni educación, ni ilustración, ni gusto artístico para conservar aquellos monumentos, verdaderas joyas del arte y famosos templos de religiosidad, de ciencia y de cultura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El carnicero de Barbastro, Luis García, se hizo dueño de la mayor parte de los conventos de Daroca con sus magníficas huertas y del rico y hermoso Monasterio de Piedra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vínose a vivir a Daroca y moraba en la casa que antes fue de los canónigos. Tan pronto como vino a Daroca principió a arrancar los altares, cuadros e imágenes de los santos que había en las iglesias de los conventos, y a quemarlos encima de la plaza para sacar, según decía, la plata que tenían.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La molinera María Antonia, cuando quemaban los santos y los altares del convento que había donde hoy tiene su casa y huerta Eduardo Lozano, vio que iban a echar una Inmaculada preciosísima y les pidió que se la diesen. Así se salvó de las llamas aquella hermosísima imagen.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por estas hazañas y las que en Zaragoza había realizado, y por su genio violento y repugnante figura, le sacaron en Daroca el mote del «Diablo Royo».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vicioso y gastador, a pesar de haber adquirido tantas riquezas, pronto se quedó en a miseria. Castigo de Dios. Los bienes mal adquiridos no pueden durar mucho tiempo; se van tan aprisa como han venido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La huerta y convento de los Franciscanos la vendió por un reducido precio a D. Félix Lozano, y la huerta de los Capuchinos, que valía más de treinta mil reales, se la vendió al Pequeñete por dos mil.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Sitio donde enterraron a dos ahorcados era estéril y no crecía la hierba, ni se criaba cosa alguna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Monasterio de Piedra lo vendió a los Muntadas por una capa y cincuenta duros. Después se marchó de Daroca y ya no se le vio más, ni se habló más de él, hasta pasados algunos años, que, pobre de solemnidad y ciego, con una hija que tenía, pasó pidiendo limosna de puerta en puerta. Después volvió a desaparecer y ya no se le vio más, ni se supo su paradero ni su fin.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego que terminó el tío Juan de referirme lo que antecede, añadió: «Esta es la historia del &amp;quot;Diablo Royo&amp;quot;, a quien yo conocí y con quien yo hablé. No podía Dios pasar sin enviar un castigo ejemplar a un hombre tan malvado.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Enlaces externos ==&lt;br /&gt;
*[http://www.daroca.info/Leyendas/princip_leyen.htm Leyendas de Daroca]&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
== Bibliografía ==&lt;br /&gt;
*[[Beltrán Roche, José]] (1929): &#039;&#039;Tradiciones y leyendas de Daroca: premiadas en los juegos florales de Soria&#039;&#039;. Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>81.33.121.89</name></author>
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