Primera Guerra Carlista

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Las numerosas partidas contrarrevolucionarias que aparecieron en Aragón desde finales de 1833 se nutrieron de voluntarios realistas, simpatizantes de la causa carlista, y de campesinos fuertemente castigados por la crisis de la economía agraria. Tras el fracaso de los carlistas por conquistar la ciudad de Zaragoza en 1834, los acontecimientos bélicos se desenvolvieron sobre todo en el mundo rural.

El área donde mayor número de enfrentamientos militares se produjeron fue en el llamado Bajo Aragón, junto al Maestrazgo, incluida la zona correspondiente a Castellón. La provincia de Teruel junto con la capital sufrió las consecuencias de una guerra civil que volvió a resurgir cuando daba la impresión de que había finalizado. Cantavieja, Aliaga, Mosqueruela, Montalbán, Mirambel, Beceite, Segura de Baños... y otras localidades más, padecieron no sólo la ocupación carlista y sus andanadas, conocidas como carlistadas, sino también el ataque de las tropas liberales que intentaban recuperar los enclaves perdidos.

Las tierras del Jiloca, sin accidentes de relieve significativos, con sus amplias llanuras y, en definitiva, por sus características orográficas, no eran favorables para la acción guerrillera de las tropas carlistas, que prefirieron los Puertos de Beceite o las sierras del Maestrazgo para desplegar su estrategia militar. Si hubieran combatido en el Jiloca, dada su inferioridad numérica, habrían sido más vulnerables a los ataques de las columnas liberales, integradas por soldados del ejército regular mejor preparados.

El valle del Jiloca, en su mayoría, apoyaron a la reina, esto es, permanecieron fieles a la ideología liberal que tradicionalmente era mayoritaria en la zona. Familias de origen nobiliario y con grandes posesiones como los Catalán de Ocón o los Mateo de Gilbert (Monreal del Campo), los Rivera y los Osset (Calamocha) o los Cabello (Torrijo del Campo) eran de ideas liberales y no empuñaron las armas ante las reivindicaciones dinásticas del infante Carlos María Isidro. Varios vecinos de Monreal del Campo llegaron incluso a ocupar cargos políticos como diputados liberales provinciales o nacionales. Citemos, como ejemplo, el caso de Gaspar Tortajada, Gobernador civil de la provincia de Teruel en esa época o Mariano Gil, comandante liberal.


Inicio de la guerra

Para defender los pueblos de la Comarca de posibles ataques carlistas, los ejércitos liberales reforzaron y fortificaron algunas construcciones en Calamocha, Caminreal, etc. y reconstruyeron castillos abandonados en varios pueblos, situando en ellos grupos reducidos de tropas que controlaban las rutas y los movimientos de las “gavillas facciosas”.

El castillo de Monreal del Campo junto al de Peracense, como ya ocurrió en la Edad Media, fue uno de los más importantes de la zona por su privilegiada ubicación y poca accesibilidad. Hay que hacer notar que presentaba un aspecto muy diferente al actual y que tenemos noticias de que fue reconstruido y reforzado para situar en él los liberales algunos destacamentos, lo que le dio un protagonismo especial al producirse varios episodios de enfrentamientos armados entre ambos ejércitos, como el que narraba Madoz: “en 6 de mayo de 1840 fueron atacados los nacionales (liberales) que se fortificaron en el castillo, por 800 infantes y 450 caballos mandados por Balmaseda y Palillos”. Estos dos militares carlistas, junto al brigadier Llagostera, anduvieron por estas tierras causando todo tipo de estragos entre la población. Entre los protagonistas de este enfrentamiento hay que destacar a Rafaela Francisca Latorre Latasa.

También fortificaron el castillo de Cutanda, modificando lo que hasta entonces había sido un edificio señorial, y convirtiéndolo en una guarnición destinada a controlar militarmente las sierras de Oriche y Fonfría. El castillo estaba defendido por tropas de reemplazo, en su mayor parte soldados procedentes de las cercanías. Ocasionalmente el territorio era atravesado por diferentes columnas del ejército gubernamental que se dirigían de un lugar a otro persiguiendo a las principales partidas rebeldes, y que obtenían del castillo de Cutanda un importante punto de apoyo e intendencia para la consecución de sus objetivos.

A pesar de estos asedios a fortalezas, lo cierto es que todo el Valle de Jiloca sirvió como lugar de paso y, ante todo, de abastecimiento para los ejércitos de ambos bandos, tanto liberales como las partidas carlistas, que utilizaron los caminos o pasos naturales para desplazarse o perseguir al enemigo: “Salió el general Oraá (liberal) de Daroca en la mañana del 2 para incorporarse con las tropas del ejército del Centro que el día anterior se habían acantonado en Báguena y Burbáguena, continuando después en busca de los expedicionarios (carlistas) que estaban en Monreal. A pesar de la inferioridad numérica de su caballería, hizo adelantar Oraá uno de sus escuadrones para que reconociese y hostigase a los contrarios..., de este modo la caballería de la Reina avistó un escuadrón de la de los expedicionarios, pero no ensayaron combate alguno pues estos se retiraron sobre Monreal ... Cerca de la noche llegó Oraá con su columna y tras desalojar a la referida fuerza carlista, acantonó sus tropas en el mismo Monreal, mientras el conde de Luchana (el liberal Espartero) situaba las suyas en Calamocha. El 3 al amanecer se movió la vanguardia de la Reina sobre Villafranca que había sído abandonado la noche anterior por los carlistas que continuaron hacia Alba, Pozondón y Orihuela del Tremedal. Los ejércitos reunidos siguieron esta misma dirección hacia Almohaja”.

Hubo numerosos momentos a lo largo de la contienda en los que se produjo un movimiento continuo de tropas de ambos contendientes por la Comarca, que se perseguían entre sí, a modo del juego del ratón y del gato, y que cruzaban con asiduidad el antiguo Camino Real u otras rutas hacia el Maestrazgo o en dirección a Castilla, como fue el caso de la Marcha Real (1837), encabezada por el pretendiente Carlos V, que atravesó estas tierras por varias localidades del Jiloca. Además, se deduce que Monreal del Campo y seguramente su castillo sirvió como lugar seguro y de refugio para el acuartelamiento de los soldados de ambos bandos.

El endurecimiento de la contienda

A partir de 1838 se endureció la guerra. En diciembre de dicho año lanzaron un ataque por sorpresa e hicieron prisioneros a todos los soldados del castillo de Cutanda. Por la noche fueron trasladados a Olalla, y allí, en la partida de las Cañadillas, fueron fusilados los 23 soldados que se encargaban de su defensa. El 12 de diciembre, tres días después de la masacre, llegaron refuerzos isabelinos procedentes de Fonfría. Al llegar a Olalla fueron informados de los acontecimientos sucedidos en el castillo de Cutanda y, sin pensarlo dos veces, decidieron fusilar inmediatamente a los 5 carlistas que llevaban prisioneros. Las venganzas sangrientas con los prisioneros eran muy frecuentes en esta guerra.

Los últimos años de la contienda fueron muy duros. El general Ramón Cabrera, una de las figuras más significativas del carlismo aragonés, consiguió fortificarse en Segura de Baños a lo largo del año 1839, y desde allí realizó continuas incursiones contra el territorio controlado por los liberales. A finales de marzo intentó cortar el camino que se dirige de Cortes a Segura. El 3 de mayo de 1839 atacaron el pueblo de Cutanda y sitiaron su castillo durante más de cinco meses, provocando la desbandada de todos los vecinos de la localidad. La Iglesia y parte de las casas más próximas sufrieron un incendio. A causa de los daños, la parroquia permaneció cerrada desde el 30 de abril de 1839 hasta el 1 de febrero de 1840, mientras que todos los cutandinos buscaron refugio seguro en los pueblos de los alrededores.

A comienzos de noviembre de 1839 se produjo una nueva ofensiva carlista. Llagostera rompió el cerco de los liberales y, acompañado de 3 batallones y 8 compañías de caballería, intentó el Asalto a Barrachina, lugar en el que se encontraba el batallón de cazadores de Oporto, mandados por Juan Durando, que estaba destinado al bloqueo de Segura y al apoyo a la guarnición de Cutanda.

En el caso de Monreal del Campo, encontramos el primer enfrentamiento en el año 1838. Tras su nombramiento, el general Llangostera marchó hacia la Ribera del Jiloca, asentándose con sus tropas en Monreal del Campo, llegando el 14 de septiembre, sufriendo un primer atentado las tropas carlistas esa noche. Al día siguiente, levantaron el sitio y se trasladaron a Villafranca del Campo, pero se quedó una pequeña guarnición que fue atacada por las tropas isabelinas (liberales) del general Santos San Miguel, lo que obligó a los carlistas al regreso inmediato desde Villafranca a Monreal. El puesto de mando fue incendiado y los carlistas huyeron. En el camino encontraron a “dos dementes y un mutilado” (así los caracterizan los documentos) que inmediatamente fueron fusilados. Ello provocó la protesta del general San Miguel que mandó una carta a Cabrera: “La infame y atroz conducta, contraria en todo momento a los principios de humanidad, derecho de gentes y leyes de guerra que usted ha tenido con los individuos, asesinándolos vilmente, causando la infelicidad de los vecinos de Monreal, y este asesinato cometido llena de indignación a todo corazón humano, sea cual sea su opinión o partido a que pertenezca, porque para hacer la guerra con nobleza, no es preciso extender los efectos de ella a los pacíficos habitantes de Monreal, ni usar con los enemigos lisiados y cojos otra conducta que la que marca la humanidad y el honor de un jefe”. Conocemos la repuesta de Cabrera que se limitó a reprochar a su contrincante la conducta cruel de sus soldados en otros momentos del conflicto.

Madoz, al que damos fiabilidad por su proximidad cronológica a los hechos históricos, también nos relata los destrozos sufridos por Monreal del Campo al año siguiente: “Durante la última guerra, este pueblo sufrió varias incursiones de los carlistas. En el mes de septiembre de 1.839, a pretexto de quererlo fortificar el general O´Donell [liberal], el jefe carlista Llangostera mandó demoler la iglesia, la torre, las casas del Ayuntamiento y todos los edificios que formaban la plaza principal, la ermita de Santa Bárbara y un castillo antiguo próximo a le”. Pero no acabó aquí el desastre, ya que en 1840 se originó un nuevo ataque carlista y se produjeron más destrucciones a añadir a aquellas.

Con el convenio de Vergara, el gobierno liberal consiguió la pacificación de las provincias vascas. Sólo quedaban en lucha las fracciones que Cabrera tenía organizadas en el Bajo Aragón y en el Maestrazgo, y hacia estas se encaminó todo el ejército gubernamental, unos 40.000 hombres de infantería y 3.000 a caballo. Al frente de las tropas liberales encontramos al general Espartero, recién nombrado Duque de la Victoria, otra de las figuras más emblemáticas del momento. El 27 de febrero de 1840 cae la fortaleza de Segura de Baños, y a continuación hacen lo mismo los fuertes de Aliaga, Cantavieja y Morella. El 30 de mayo de 1840 se ponía fin a la Primera Guerra Carlista en Aragón.

Bibliografía