Ferias

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Las ferias eran unas reuniones comerciales de cierta importancia, organizadas con una periodicidad regular, normalmente cada año, que agrupan a mercaderes venidos de regiones lejanas. Las ferias se convertían, de este modo, en un complemento imprescindible para las economías campesinas, ofertando productos que no se podían conseguir con facilidad en los mercados semanales, como por ejemplo todas aquellas manufacturas elaboradas en las ciudades y, también, de todo tipo de animales de labor. Las ferias eran un lugar de encuentro entre la ciudad y el campo, y entre regiones muy distantes entre si, facilitando el intercambio de mercancías entre ambos ámbitos.

A diferencia de los mercados semanales, las ferias suponían el desplazamiento de comerciantes y mercancías desde lugares lejanos. Por ello, el calendario y los lugares de celebración estarán regulados por las autoridades del reino, siendo necesaria la previa concesión de un privilegio real. En este sentido, las leyes eran muy claras y contundentes. Sólo podían organizarse en aquellos lugares expresamente reconocidos, quedando prohibido para el resto de las localidades. Normalmente, serán las ciudades quienes organicen los encuentros feriales. En primer lugar, porque sólo ellas poseían la infraestructura necesaria para dar alojamiento y cobijo a los tratantes y sus mercancías, y también porque fueron los únicos que consiguieron obtener las mercedes necesarias para su organización.


Convocatoria y organización

Las ferias se solían organizar en las afueras de los lugares de celebración, en campos abiertos, alejadas de las estrechas calles y plazuelas que suelen caracterizar a la mayor parte de los municipios aragoneses. Para el caso de las ferias de ganado se necesitaban amplios corrales y cercados en donde guardar a los animales. Una feria podía durar entre 15 y 30 días, durante los cuales se exponían los productos y los tratantes negociaban con todos aquellos que se acercaban.

Al tener las ferias una periodicidad regular, además de las relaciones puramente económicas se creaban otro tipo de redes sociales, puesto que los comerciantes acudían a su cita año tras año, y acababan conociendo a sus clientes, además de a otras personas que, en determinadas circunstancias podían actuar de intermediarios. En este sentido, no será extraño que algún mercader de procedencia muy lejana opte por nombran en la localidad a un representante que podría actuar en su nombre, prolongando la actividad comercial más allá de lo que marca la propia feria. Como veremos más adelante, las convocatorias de ferias debieron servir para consolidar las estrechas redes comerciales que se extienden por Aragón a lo largo del siglo XVIII. El radio de influencia de las ferias era mucho más amplio que el de los mercados semanales. Si hasta la aparición de los medios de transporte modernos, un mercado semanal podía atraer a clientes de los pueblos cercanos hasta un radio máximo de 15-20 kilómetros, con las convocatorias anuales aumenta la distancia de atracción. Una feria podía llegar a atraer a clientes situados en ocasiones a cientos de kilómetros de la localidad que las acoge. Es precisamente esta masiva afluencia, con sus correspondientes consecuencias económicas, lo que empujará a distintas poblaciones a solicitar del rey autorización para poder celebrar ferias.


Principales ferias

El mayor auge de las ferias aragoneses se produjo durante la Edad Media, sobre todo a partir del siglo XIII. Surgen a causa del intenso crecimiento del comercio a escala local, en un intento de surtir a los pequeños campesinos de los productos que se empezaban a elaborar en los centros urbanos. También servían para que los lugareños comercializasen sus excedentes agropecuarios, vendiendo el trigo o los animales sobrantes a los diversos tratantes.