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Gerardo Sancho

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Gerardo Sancho

gerardoA Gerardo le gusta saber como van las cosas por su tierra de origen, mientras recuerda en compañía de Lola, su esposa, los tiempos pasados.  Se alegra de las actividades del Centro de Estudios del Jiloca, y quedamos en su casa para ver algunas fotos viejas que hizo en su juventud en Navarrete. Son apenas media docena, las demás las tengo en Zaragoza, me dice ante mi sorpresa por la enorme calidad de las mismas y por su valor documental. Concertamos una nueva cita para cuando pueda traerlas de allí. Días después la sorpresa se hace mayúscula al contemplar la impresionante colección que trae de instantáneas de época. A toda prisa hablamos de publicarlas en la secci6n de fotografía antigua de nuestros CUADERNOS DEL BAILE DE SAN ROQUE o, quizás mejor, en un catálogo que acompañe a la obligada exposición que merece la muestra. Todo es muy rápido. Por fin nos citamos a finales de agosto, donde podremos concretar mejor los proyectos. Con toda amabilidad deja en manos del Centro de Estudios hacer lo que estimemos más conveniente con su obra.
Y así es corno va a volver Gerardo Sancho a Navarrete y a Calamocha, precedido de una magnífica muestra de sus mejores fotos de la comarca. Un documento inigualable en el que, por encima de paisajes, de olmas monumentales que hoy son ya recuerdo de tiempos mejores, de viejas torres mudéjares felizmente restauradas, por encima de todo, insisto, el hombre, las gentes del pueblo, con sus fiestas, sus bailes al son de los gaiteros de Cutanda, sus carreras del pollo, sus procesiones con esas imágenes o santos, acaso pequeñas en dimensión pero grandes en cuanto a la devoción popular, sus tertulias en los carasoles, sus trabajos en el campo o en la era, en el matacerdo, en fin, en cuantas facetas se ofrecen al ojo curioso de la cámara de Gerardo. El hombre al cabo, los amigos, los paisanos.

Quienes hemos tenido la fortuna de contemplar algunas de las miles y miles de fotografias que ha disparado durante su larga trayectoria profesional, tenemos muy claro que cuando Gerardo se ocupa de las cosas de su pueblo lo hace de una forma apasionada. Ya no es el profesional que debe cumplir con el encargo periodístico de dar la noticia gráfica, es el artista que, identificado con el entorno que le rodea, se goza de reflejarlo en sus placas, de transmitirlo a la posteridad con la fidelidad del notario, pero también, ojo, con el amor del hijo pródigo que observa atento lo que ocurre en su casa, lo que interesa a los suyos.
Navarrete sobre todo, con sus amigos de infancia apenas retratados en la antesala de su muerte, felices ejercicios de cultura física juvenil, alegres muchachas ataviadas de domingo
a la salida de misa, risueña mocedad que acaso hoy haga a sus hijos, a sus nietos o a los propios protagonistas, hacer un ejercicio de memoria colectiva para rastrear quienes son
unos y otros, y también quienes quedan y quienes faltan de aquellos grupos que se ofrecían a la cámara entre sonrientes e incrédulos. Con este riquísimo bagaje retorna a su
pueblo Gerardo. Buena estrella hemos tenido de encontrarlo. Buena estrella de tenerlo entre nuestros paisanos m& distinguidos, Pero también Calamocha, sí, en sus recuerdos gráficos como en los escritos, aparece asimismo nuestra Villa de forma indeleble, fueron los diarios paseos matutinos con frío o con calor, para recoger la leche que precisaba una de sus hermanas enferma de un proceso renal, sus paseos con el abuelo hasta unos campos de azafrán en las proximidades de El Poyo donde mataban los topos quemando paja en los orificios de entrada de los caños, y, especialmente, el feria de Todos Santos con el chalaneo de los tratos y las imprescindibles postas de bacalao. No faltan fotografías de otros lugares como Villanueva del Rebollar, no se olvide que de alll era su padre -albañil de profesión, su madre era maestra y procedía de Pinilla del Olmo (Soría)-, o Lechago y Olalla.
Despues de muchos años de estancia fuera, vuelve Gerardo Sancho del Ramo a Navarrete, a Calamocha, y viene, seguramente, presentando sus obras para mí más queridas. Es posible
que tenga en su haber otras muchas que han dado la vuelta al mundo, que han merecido cientos de primeras paginas periodísticas, que le hayan reportado las más caturosas  felicitaciones de diversas autoridades o importantes premios profesionales y artísticos, es igual, estamos convencidos de que en estas viejas instantáneas, capturadas muchas de
ellas con aquellas viejas cámaras de fuelle, fogonazo de magnesio y trapo por encima de la cabeza, o ya m6s tarde con sus queridas Leika o Contax, contienen la mejor poesía de su autor, la quintaesencia de su delicadeza moral e intelectual.

Va precedida la colección de unas memorias autobiográficas relativas a su infancia y juventud. Pero, atención, porque Gerardo, adermás de un excelente narrador gráfico, es asimismo un amenisimo contador de historias, de sus vivencias personales. Con su primorosa letra, menuda y apretada que se extiende en rectilíneos renglones que evocan los cuadernos escolares de muestra, va esta primera entrega que no es sino una primicia de lo mucho que se guarda en sus carpetas autobiográficas. Si alguien ha hablado alguna vez refiriendose a él como el Ojo del Cíclope, tanto por su singularidad visual corno por atrapar la vida con el objetiva único de su cámara, desde aquí advertimos ya del poderío de su  memoria de Cíclope, para temor de algunos desaprensivos que se cruzaron en su camino profesional.


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